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jueves, 25 de octubre de 2012
El acuerdo.
Un apretón de manos dejaría sellado nuestro acuerdo. Una mano se ofrecía ante mí para ser estrechada cuando los pormenores de nuestra negociación hubiesen sido desmenuzados; una mano que ostentaba los símbolos de su poder en dedos y muñeca, cargados con más riqueza de la que se pudiese atesorar ya no en el cuerpo entero, sino en la vida entera de una gran mayoría de los mortales y que se mostraba recia, compacta, fuerte, advirtiendo su nula disposición a volverse atrás en ningún caso ni arredrarse ante nada; su facultad plena para ejecutar cualquier orden recibida por parte de su dueño. Un pequeño instante detenido supuso para mi una eternidad, el tiempo durante el cual debía acceder a estrechar la mano ofrecida y dejar de ser dueño de mí mismo. Antes había tenido contacto indirecto con la persona que tenía enfrente, algún trabajo menor de distribución de mercancía con el que sostenía mi economía cuando quedaba sin trabajo pero no sin estómago. Nunca fui uno de aquellos que hacían esto para satisfacer un ritmo de vida desenfrenado y sufragar sus vicios sin que su quehacer diario tuviese nunca que trascenderlos; había guardado una disposición experimental que no me desconectaba de otras facetas de la vida sino que se sumaba a ellas y, a mi entender, las enriquecía, buscaba nuevos estados de conciencia para que entender el mundo no supusiese despreciarlo, a eso se le puede llamar evasión pero yo prefería denominarlo invención; la necesidad de inventar aquello que no se encuentra y si lo que no se encuentra es la realidad -porque resulta tortuosa y es mejor dejarla escondida- quizá necesitase algún ayudante para reinventarla sin renunciar a aquellos aspectos que lejos de ser revocables, me resultaban placenteros porque había tenido el incuestionable arte de saber dotarme de ellos, y, mezclándolos con mis experiencias transgresoras, podía elaborar un cóctel en el que aquello que llenaba mi vida podía ser despojado de la mezquindad circundante que posee la capacidad de filtrarse por cualquier leve brecha y arruinarlo todo, lo peor, por decisión propia. Distribuía entre gente que mantenía una posición convergente a la mía en cuanto al uso de la sustancia que yo les suministraba. El día que perdí la mercancía que ahora adeudaba -y que me dejaba como única salida convertirme en lacayo fiel y brazo ejecutor del capo- sucedieron cosas muy curiosas. Recuerdo que le comenté a un amigo que "en el sitio menos pensado, quizá en un lugar que ni siquiera puedes pensar ni imaginar por que lo desconoces por completo, puede estar pasando un suceso que puede ser determinante en el devenir de tu existencia; deberíamos de tener el derecho de poder conocer estos sucesos e intervenir en ellos, ya que nos van a repercutir, y poder evitar de este modo su desenlace funesto". De verdad que me habría gustado estar en el bar donde el motorista que embistió mi coche se había emborrachado unas horas antes de que dejase mi vehículo averiado por el tremendo golpe lateral trasero y la posterior perdida de control que acabó frenando el auto contra una farola; haber tenido la capacidad de evitar, bien su ingesta alcohólica o bien que hubiese conducido después su motocicleta. El coche había quedado inmovilizado y se presentó la policía; sólo deseaba que no abriesen el maletero cuya puerta, como consecuencia del golpe, había quedado desencajada y semiabierta... Me conminaron a llamar una grúa y me obligaron a que el coche fuese depositado en un taller. No podía dejar un vehículo averiado y siniestrado aparcado en la vía pública, como era mi deseo. Llegó la grúa y mientras el coche era conducido al taller oficial yo tuve que entrar en el furgón policial a efectuar mi atestado. Cuando el trámite quedó concluido tras discutir durante bastante tiempo con el motorista que estaba algo dolorido pero ileso y quería que mi seguro arreglase su moto -por suerte hubo testigos- acudí al taller donde habían llevado mi auto. Allí estaba, en una plazoleta donde se acumulaban los recién ingresados, pero el maletero estaba vacío. Llamé al contacto que me había proporcionado el alijo y le conté lo sucedido. Una hora más tarde recibí la llamada del capo. Debía reunirme con él para ver el modo de saldar mi deuda. No aceptó que le pagase poco a poco mensualmente, con mi trabajo; habría tardado años en reunir semejante suma. Sólo me dio la oportunidad de hacer colaboraciones -así lo llamó- hasta que él considerase que mi deuda estaba saldada con mi labor, en caso contrario ya debía saber como funciona este mundo; "el que la caga, sólo la caga una vez", fueron sus palabras. Me dio dos días de plazo antes de nuestra reunión, por si encontraba el modo de conseguir el dinero, algún crédito, algún amigo hacendado... Ni amigo hacendado, ni posibilidad de crédito, solo cabía entregarle mi vida. Pasé la noche anterior a la reunión con una amiga. Estaba nervioso, alterado y con un enfado tremendo. Ella se encargó de relajarme y me propuso realizar un ritual, hacía pocos días que había regresado de un encuentro con unos chamanes guatemaltecos y quería repetir alguna de las ceremonias que había realizado allí. Cuanto menos, me relajaría y me ayudaría a aceptar mi destino inexorable, insistía. Sacó toda la parafernalia que había adquirido en el "merchandising" que los indios guatemaltecos habían montado en el citado encuentro y nos instalamos en el lugar más parecido a la naturaleza que teníamos al alcance de la mano, en la terraza de su piso repleta de macetas con plantas. No puedo negar que no soy muy entusiasta de este tipo de experiencias, pero debo confesar que casi llegué a un estado parecido al trance en el que mi mente adquirió una nueva dimensión y, al menos, encontré la capacidad de afrontar mi futuro, fuese el que fuese... Después del ritual fuimos directamente a la cama. Ella decía que su sortilegio no había concluido y que deseaba que encontrásemos juntos el estado parecido al trance que habíamos experimentado momentos atrás y que hiciésemos el amor buscando esa conexión por encima de todo. Era la primera vez que nos acostábamos y me proponía un acto más allá del sexo, algo así como concitar en una unión sexual lo que habíamos experimentado en el ritual intentando hacer que los dos fuésemos uno. Sólo entonces, si lo conseguíamos, su sortilegio podría surtir efecto. A la mañana siguiente, después de haber dormido sin poderme desprender de las experiencias vividas con mi amiga, como si hubiesen constituido una fuente inagotable de una regeneradora sustancia vital, nos despedimos. Yo debía de ir a la reunión. Ella me dijo insistentemente que pasase lo que pasase durante mi entrevista, no dejase de ir a visitarla cuando ésta concluyera y me guiñó el ojo con ternura y complicidad.
Estrechamos nuestras manos y sentí en la mía como si toda la experiencia de este hombre pasara a través de ella, me llené de información que me resultaba repugnante y quise soltar su mano con rapidez. No podía, seguían entrelazadas agitándose levemente y agarradas con fuerza. Sentí vértigo, un profundo mareo y malestar. Durante unos segundos creí perder la conciencia y pensaba que iba a caer al suelo derrumbado como un pelele dislocado. Estaba aturdido, muy confuso recuperaba la lucidez y me sentía tremendamente extraño dentro de mi cuerpo. Por fin pude soltar la mano que atenazaba la mía que me pareció inusualmente fuerte y seguida de un robusto brazo. Descubrí en mis dedos varios anillos de oro, en el dedo corazón una enorme sortija estaba coronada por una gran piedra de color rojo; en mi muñeca derecha una gruesa pulsera mostraba una placa donde estaba grabado mi nuevo nombre. Quizá debería ponerme un régimen alimenticio y hacer algo para evitar mi mal aliento; por lo demás tampoco estaba tan mal, incluso era algo más joven. Era un hombre rico, sólo restaba encauzar mi vida por otros derroteros e iniciar, a mi modo, la nueva existencia que me habían entregado.
Propuesta irónica pero no por ello irreal
Una tarde estuve viendo durante unos minutos la retransmisión de un debate en el congreso de los diputados realizado para que luego aprobasen alguna que otra putada más. Observé que varios cientos de estos diputados lo único que hacen es como si escuchasen al que está hablando -los que hablan son bastante pocos- y echarse alguna cabezadita entre bostezo y bostezo; quizá también jueguen a cualquier chorrada con las tabletas o estén con el mesenger para ver si se arreglan la noche. Su única tarea real consiste en votar lo que su partido les obligue al final de la dura jornada de trabajo.
¿Para que están ahí?.
Mi propuesta es que se sustituyan estos cientos de diputados por monigotes de plástico -ya que el congreso está hecho con todos sus escaños y es una pena desperdiciar el vetusto edificio- y que los encargados de votar sean estos muñecos; lo pueden hacer igual que si parlamentarios de carne y hueso fuesen porque, repito, van a votar lo que su partido ordene. Se les puede poner incluso el rostro de los ministros a estos muñecos y organizar un día semanal en que la población pueda entrar a desahogarse y tirarles huevos y cosas así (cada vez que veo cierto rostro ministerial, con su aspecto entre gollum y teleñeco, con su risa cínica que se le asoma en cuanto se descuida -algo así como el que se jodan de la Fabra en versión subliminal- y su voz gangosilla de charlatán, me entran montones de ganas de hacer un gesto así, por eso lo digo).
Nos ahorraríamos los contribuyentes un montón de millones de euros que cuesta mantener estos centenares de personas y sus dietas y demás zarandajas y cuya profesión resulta totalmente inútil, estúpida y carece por completo de sentido, como queda demostrado unas cuantas líneas arriba.
De paso, a nivel personal, les haríamos un favor -esto también tiene su componente humanitaria-; estar tanto tiempo apoltronado sin siquiera hacer nada útil, aunque sólo lo sea para uno mismo enriqueciéndose intelectual o espiritualmente al menos, no debe ser muy bueno para la cabeza. Claro que ellos sólo deben pensar en otro tipo de enriquecimiento.
Pues eso, sutituyámoslos por muñecos hinchables que nadie notará la falta de esta profesión, cosa que no se puede decir de otras muchas, mucho peor pagadas, por cierto....
El fin de la paradoja.
Nos encontramos en la época histórica en la que resultaría más sencillo que hubiese una cobertura de necesidades y comodidades básicas para todos y, sin embargo vivimos en el periodo en el que mas desigualdad existe y en el que las rentas son más extremas, los ricos cada vez lo son más y los pobres también.
Estamos en la época histórica en la cual sería más fácil convertir al trabajo en herramienta de bienestar y no, como hasta ahora, al bienestar en herramienta del trabajo; de hacer de éste un derecho universal y no algo competitivo que condena a todos por igual: a unos a trabajar demasiado y a otros a la maldición del desempleo, aunque unas condenas sean más llevaderas que las otras.
Estamos en la época histórica en la que más sencillo resultaría obtener la energía de un modo limpio y barato y, sin embargo, seguimos contaminando y quemando petróleo de manera insensata.
Con la resolución de estas tres paradojas, otras muchas se resolverían por si solas. Por poner un ejemplo, la educación enfocada a un estado en el que el trabajo fuese herramienta del bienestar y el tiempo libre debidamente dignificado, sería otra; con una cobertura universal de necesidades y comodidades básicas, probablemente harían falta menos policías y abogados y jueces; en definitiva, si se acabase con aquello que produce y mantiene las paradojas se acabaría el sufrimiento humano y se avanzaría en su bienestar.
Vivimos e un planeta que, en términos absolutos, ofrece la riqueza suficiente para otorgarnos una vida susceptible de ser disfrutada.
Sólo la barbarie humana ha convertido etsas riquezas en motivo de sufrimiento para la gran mayoría de seres humanos que han poblado este planeta a lo largo de su historia.
El problema estriba en que el poder siempre lo han tenido aquellos que de la barbarie han sacado un provecho material por encima del resto.
En esto nada ha cambiado, y el poder sobre lo material sigue gobernando el mundo con un afán y unos medios cada vez más destructivos. Y deprime pensar que éste sea todo el logro de miles de años de evolución.., pero es difícil concluir que la humanidad sea otra cosa y cuesta aceptar que sea tan torpe de no ser capaz de utilizar los asombrosos ingenios que ha desarrollado para su propio bienestar.
Bien.... No se trata de la humanidad... a la mayoría de la humanidad le encanta vivir sin necesidad de tantas posesiones materiales; se trata de un puñado de gente poderosa que es capaz de hacer que todos consintamos sus atrocidades convirtiéndonos en cómplices y absorbiendo nuestro cerebro para que no seamos capaces de ver lo que nos estamos perdiendo.
Quizá preguntemos ¿cómo complices?
Mi respuesta es que Nestlé es número uno en ventas. Quien no sepa las barbaridades que hace esta empresa que se informe....Y sólo es un ejemplo. Y en esto somos cómplices.
Tal vez si trabajamos en carrefour -o en cualquier empresa de distribución alimentaria- pensemos que estamos ofreciendo un servicio a la población que se abastece de alimentos en estos lugares, a la vez que nos ganamos honradamente la vida. Mentira. Sólo contribuimos al bienestar y continuidad de los bárbaros que sostienen las paradojas a que se refiere este post, y hacer el trabajo para estos especuladores no es nada honrado. Y esto es extensivo a la práctica totalidad de ocupaciones, desde el sistema judicial que encarcela al que roba para comer y hace la vista gorda con los que roban por pura opulencia enfermiza hasta el profesor universitario que "forma" a estos jueces; desde el trabajador manual que almacena cajas de aspirinas, hasta el doctor en química que diseña los nuevos venenos para bayer (quien no sepa de los manejos de está empresa que se informe)...
Y, entonces... ¿de que vivimos?...
Estamos de nuevo ante el brutal enganche que producen las situaciones en las que causa y consecuencia son la misma cosa y producen un círculo vicioso difícil de quebrantar.
La causa de esta barbarie es que todos (los que pueden) trabajamos para ella y la consecuencia es que si no trabajamos para ella no podemos vivir.
La consecuencia de beber alcohol es el alcoholismo y es así mismo su causa.
Pero es obvio que la manera de derrotar al alcoholismo es dejar de beber.
Así que apliquémonos al cuento y encontremos otras maneras de vivir.
P.D. Con este comentario no quiero transmitir la idea de que la clase trabajadora sea culpable de los desmanes del poder plutocrático, sólo intento aportar líneas de pensamiento que posicionen en contra de este poder a la mayor parte posible de la sociedad, sin dejar de ver que de un modo más o menos forzoso, la sociedad es cómplice del sistema. Si el sistema fuerza a la complicidad, la oposición activa debería ser la respuesta.
Mister X despertó y sintió, como casi todas las mañanas una agradable sensación de bienestar. Se recreó un momento con el embozo de la sábana aún cubriéndole parte de la cara, en desglosar lo que le esperaba para el día que comenzaba; iba a ser un buen día, como la mayoría de ellos. Mister X se sentía feliz.
Comenzó por ir a visitar a la mujer con la que compartía su vida. Muchas veces preferían no dormir juntos, pero era un ritual establecido que el primero que se levantase fuese a la habitación del otro y se introdujese en su cama. A veces comenzaban el día haciendo el amor.
Le pareció muy extraño que ella no se encontrase dentro de la cama. No estaba en el cuarto. La buscó por el resto de la casa. Era bastante raro que se hubiese marchado sin avisarle, sin visitarle antes en su cama. Alguna explicación habría. Mister X no era persona que tendiese a preocuparse por adelantado; llegado el momento ya se enteraría del porque de esa extraña circunstancia.
Siguiendo con el plan trazado para ese día se preparó un buen desayuno en la cocina. Abundante y sano; debía coger fuerzas pues pensaba trabajar bastante durante la jornada.
Entró en su estudio de pintor. Con este trabajo no ganaba mucho dinero, pero le alimentaba el espíritu lo suficiente como para que fuese una actividad de la que no podía desprenderse. En la actualidad tenía entre manos una obra que le intrigaba sobremanera. No era mas que un fondo verdoso con una textura rugosa conseguida con algunas pinceladas ocres y amarillentas sobre la que proyectaba manchas circulares rojas y anaranjadas. Podía parecer, visto de lejos, un prado poblado de amapolas silvestres, pero no era está imagen lo que intrigaba a Mister X; para él no era otra cosa que un combate contra el vacío; una manera de autogratificarse por su existencia plena. Quiso continuar con su composición, pero no era capaz de hacer ninguna acción mas allá de contemplar el trabajo realizado hasta el momento. Quizá no era el día.
Volvió a la cocina y se preparó un café. El día no estaba saliendo como esperaba, pero sólo acababa de comenzar. Tomó el café y fue a su estudio de música.
De esta actividad era de la que vivía realmente. Estaba trabajando en un encargo de una banda sonora para un documental. Encendió computadores y sintetizadores y comenzó a escuchar algunas bases que ya tenía preparadas. Su intención era incorporar algún instrumento acústico, cogió una guitarra de sonido cristalino y comenzó a jugar con algunos arpegios sobre la armonía pregrabada. aquello que tanto le había gustado el día anterior le pareció cansino y aburrido. Definitivamente hoy no era el día.
Se dirigió de nuevo a la cocina. un simple vaso de agua fresca esta vez. Su pensamiento volvió a la extraña circunstancia de que su novia hubiese marchado sin decir nada. Quizá hubiese dejado una nota en su dormitorio y el no la hubiese visto. Regresó al dormitorio de ella para buscar algún indicio aclaratorio.
Su sorpresa fue mayúscula cuando, tras abrir la puerta y franquear el umbral se mostró ante sus ojos una estancia diáfana. Todo había desaparecido, sólo paredes y una ventana cerrada.
Abofeteó su rostro intentando despertar de una pesadilla que no era tal. Al constatar que no estaba dormido salió de la habitación y se dirigió con un nudo en el estómago, a su estudio de arte. Lo que encontró en él fue lo mismo: una estancia diáfana. Y conforme fue recorriendo las distintas estancias sólo pudo constatar que toda su casa estaba absolutamente vacía.
Intentó abrir una ventana para comprobar si la vida en el exterior continuaba o también era presa del vacío, pero resultaba imposible. Veía crecer rápidamente desde la base de los cristales en el exterior, una tupida enredadera que pronto aislaría todas las estancias de la luz del día.
Se precipitó hacía la puerta que daba a la calle. Necesitaba salir de la asfixia de aquella pesadilla y mantener algún contacto humano que le transmitiese que la vida todavía existía.
Pero no la encontró: donde debía estar la puerta sólo había una continuación del muro. Jamás saldría de ahí.
Noticia que cambiará el mundo.
Las industrias farmacéuticas han llegado a un acuerdo para la fabricación y dispensación universal de un nuevo fármaco: la "Altruicina".
La altruicina produce una reacción bioquímica que induce a quien le sea administrada a ser más generoso. Cuando la Altruicina es absorbida por el organismo reacciona con el ácido glutámico y genera un nuevo neurotransmisor bautizado con el nombre de "altruidomina" que se instala en el lóbulo frontal del cerebro haciendo que todo razonamiento, juicio e impulso se direccionen hacia emociones como la empatía y la generosidad.
En la inmensa mayoría de la población sus efectos pasaran prácticamente desapercibidos. Por regla general el común de los mortales suele administrar sus posesiones con la generosidad que le permite su nivel de renta. Puede ser que se aprecie una propensión menos acentuada a la opulencia y una inclinación mayor a compartir experiencias con los demás y a encontrar en ello la felicidad por encima de las posesiones materiales. Sólo en aquellas personas francamente poseídas por la avaricia y el egoísmo enfermizo, se apreciará un cambio más radical en sus conductas.
Sin embargo, en aquellas personas que siendo poseedoras de fortunas intangibles, se siguen dedicando a la masacre humana y a la destrucción de ecosistemas en base a unas inefables ansias de querer más y más, los efectos si que serán determinantes, produciendo un tremendo malestar tanto físico como síquico, durante el periodo en el que su nueva manera de sentir aún no se encuentre asimilada de un modo racional.
Podría ser que se diese algún caso de suicidio producto de una tremenda depresión ocasionada al constatar la tremenda monstruosidad que representaba la personalidad anterior y sus consecuencias, inasimilables por la conciencia cuando la altruidomina está presente en el lóbulo frontal.
Cabe la posibilidad de que estos trastornos psíquicos tengan efectos psicosomáticos y que la naúsea y la diarrea no abandonen a estos individuos hasta el fin de sus días.
El consorcio de industrias farmacéuticas considera esto como ínfimos daños colaterales que no deben cuestionar ni bloquear la libre dispensación generalizada de la Altruicina, dado el gran avance que su utilización va a suponer para el conjunto de la humanidad.
Aún está por definir cual será el método utilizado para la dispensación de este fármaco. Se barajan varias hipótesis que no han sido reveladas para evitar posibles acciones destructivas que imposiblitaran su distribución por parte de aquellos que se sientan perjudicados ante esta iniciativa.
Corren rumores de que este acuerdo entre las farmacéuticas, así como el desarrollo de la fórmula de la Altruicina se debe a una ingerencia de unos extraterrestres que han acudido a su cita del 2012 para salvar a la humanidad en su vertiginosa carrera hacia la autodestrucción.
Pero esto sólo es rumorología
Por fin había concluido la mudanza. Juan había pasado los tres últimos días, de Jueves a Sábado, trabajando en la instalación de las pertenencias de su familia en la nueva casa rentada.. Más o menos, ya todo ocupaba su lugar y las pequeñas reparaciones -sustitución de algún vidrio roto en la ventana, grifos que gotean, algún enchufe chamuscado...- habían sido realizadas; sólo restaba que cada componente de la familia se instalase y ordenase en su habitación sus trastos y abalorios a su gusto. Esta noche la pasaría ahí. Telefoneó a su familia y les dijo que al día siguiente viniesen a instalarse; luego marcó el número de sus cuñados y los invitó al estreno de la nueva casa, les dijo que aprovechando el buen tiempo y que disponían de jardín, harían una comida al aire libre.
El Domingo la familia se presentó en un taxi sobre las diez de la mañana. Juan salió a recibirlos y ayudo a salir del vehículo a la abuela; no fue tarea fácil, sus carnes opulentas se habían hecho hueco en el tapizado y parecía un molusco acoplado a su valva; tuvo que estirar con fuerza de su mano para desencajarla del asiento trasero. Los dos niños -niño y niña- salieron raudos e impacientes por la otra puerta trasera del taxi y entraron en el jardín de la casa inspeccionando cada rincón; ellos era la primera vez que pisaban la nueva vivienda y suponía un gran espacio lleno de misterios. La mujer de Juan cogió por el brazo a su madre que ya estaba en pie sobre la acera y, mientras Juan sacaba del maletero las bolsas y cajas con los objetos personales de la familia que habían conservado con ellos hasta el último momento, la acompañó con el paso lento que las gruesas y torpes piernas de su madre requerían, al interior del jardín.
La suegra de Juan era una persona voluminosa de cara redonda, expresión algo lerda y parca en palabras. En la convivencia ofrecía una funcionalidad más mobiliaria o electrodoméstica que humana. Jamás intervenía, mucho menos iniciaba, conversación alguna y si era interpelada acerca de cualquier tema relativo a la vida cotidiana o al requerimiento de algún servicio por su parte -normalmente costura, cuidado de niños y, rara vez, cocinar- en muy pocas ocasiones excedía en su contestación al monosílabo. Su tiempo lo gastaba tejiendo lana con una colección de agujas imperecederas y realizando solitarios con una baraja española, tarea que mezclaba con lanzar de vez en cuando un carta de tarot; no es que leyese nada en estas cartas, simplemente le gustaba mirar las imágenes que en ellas había dibujadas.
Juan y su mujer instalaron a la abuela en una habitación del piso superior y la acomodaron en una confortable butaca; frente a ella la ventana abierta ofrecía la visión del jardín, entre ella y la ventana una exigua mesa serviría para sus juegos de cartas. Dejaron a su lado una cesta con lanas y agujas, sobre la mesa sus dos barajas y le dijeron que si necesitaba algo llamase desde la ventana. La abuela asintió levemente. Juan y su mujer bajaron al jardín.
Los tíos llegaron al poco tiempo. Cuando entraron en el jardín Juan y su mujer estaban haciendo los preparativos para la barbacoa. Habían juntado en un montón unos cuantos leños menudos, seguramente restos de alguna poda que encontraron en un rincón, y despejaban de hojarasca un espacio en la tierra, entre los árboles para hacer sobre él una hoguera sobre cuyas brasas colocarían una parrilla. Interrumpieron su tarea y les mostraron la casa entre saludos y loas a la nueva vivienda. La abuela en su atalaya, había dejado de tricotar y manoseaba su baraja de tarot.
La casa tenía adosada otro pequeño inmueble; una casa angosta que amenazaba ruina y que constaba de tres habitaciones dispuestas en modo consecutivo. En ellas se apilaban muebles antiguos desmontados; maderas y tableros, provenientes de estos muebles amontonados de modo caótico y tres enormes baúles cerrados y supuestamente llenos de cosas. El arrendador había aconsejado a Juan que mejor no tocasen nada de aquello. Pero tres baúles antiguos repletos de cosas son mercancía demasiado jugosa como para que dos niños pasen por su lado y no sean capaces de ceder a la curiosidad que estos objetos despierta.
Fueron ellos los que comenzaron una improvisada fiesta de disfraces. La abuela lanzó una carta sobre la mesa en la que se veía un mago y comenzó un solitario con la otra baraja; un as de copas ocupo su lugar en el juego. Los niños salieron del trastero disfrazados con trajes decimonónicos que les venían grandes, él con chaleco y pantalón rayado en tonos grises y un sombrero de hongo que casi le cubría los ojos; ella con una larga y voluminosa falda con encajes y tocada con un sombrero de alas anchas. Juan y su mujer recriminaron a los niños y les invitaron a recoger lo que habían sacado de los baúles; ya sabían que no debían tocar nada de aquello, pero en ese momento apareció el tío cubriendo su cara con una antigua máscara antigás construida de cuero, con dos ojos de vidrio circulares y un tubo de unos treinta centímetros, que se extendía y se contraía por su extructura de fuelle, de goma que concluía en un aparatoso filtro cilíndrico de metal oxidado que colgaba pendulando sobre su pecho. Le proporcionaba un aspecto entre mosquito gigante y extraterrestre despistado, los vidrios cubriendo sus ojos otorgaban una imagen bastante cómica al tío, ya de por sí flaco, alto y desgarbado, al que sólo faltaba la máscara -sin duda proveniente de la guerra civil- para que la caricatura de sí mismo quedase completada al ser sus ojos -los de verdad- saltones y su nariz prominente y aguileña, quedando convertido en un personaje risible. Rieron todos en el jardín. La tía abrazó a su marido en tierna señal de reconocimiento a la simpática idea que había tenido colocándose la máscara. La mujer de Juan, tras una breve reflexión,cambio de opinión y dijo a éste que dejase jugar a los niños, que luego recogerían todo y no pasaría nada; se trataba de un día de fiesta y bien podían disfrutar de estos disfraces. La abuela salió de un ligero sopor en el que había caído contemplando desde la ventana el desarrollo de la fiesta, lo que le proporcionó algo parecido o cercano a lo que para cualquiera sería una emoción; cogió la siguiente carta del mazo y la arrojó sobre la mesa, en este caso quedó al descubierto una mujer que sostenía una balanza. El tío encontró en uno de los baúles otra máscara antigás y se la colocó algo forzadamente a su cuñado. Juan más bien bajo y con enorme barriga tenía aspecto de un gordo escarabajo venido de las estrellas. Los dos cuñados parecían Don Quijote y Sancho Panza dispuestos a conquistar la tierra. Pero no se llevaban bien en absoluto. Era solo una imagen de cordialidad festiva. El tío despreciaba a su cuñado al considerarlo persona ignorante y vulgar cuya relación le había sido impuesta por motivos políticos; lo consideraba como a alguien que no estaba a la altura de su pretendida alcurnia. Juan a su vez consideraba a su cuñado como un mamarracho cargado de ínfulas sin sentido y le molestaba la envidia que el matrimonio de su hermana había causado en su mujer que de un lado odiaba al tío por estar con su hermana y no con ella y de otro deseaba tener alguien como él a su lado, en lugar del poco atractivo e interesante Juan con el que había consentido en compartir la vida por puro accidente; un accidente que contemplaba el matrimonio como única salida para no padecer el escarnio por parte del entorno. La tía de carácter ingenuo, era la única que se sentía más o menos bien con su familia, si bien la niña le había contado en una ocasión que su padre algunas noches entraba de madrugada en su habitación, la arropaba y acariciaba el cuerpo de manera que le desagradaba. Juan tenía el convencimiento de que la niña no era hija suya y no podía evitar ver el rostro de su cuñado dibujado en las facciones de su pretendida hija. La tía tenía algo de ojeriza a Juan por el secreto que su sobrina le había revelado; pero persona de carácter parecido al de su madre, poco proclive a la emoción, jamás había hablado de esto con nadie. La abuela continuando su solitario extrajo un rey de espadas. Juan perdió un poco la compostura. Quitó la mascara antigás de su cara y la arrojó contra un árbol. Le había molestado que su cuñado lo usase como un títere poniéndose a bailar agarrado a él y tratándolo, debido a su mayor altura, como a un monigote circense. La tía con su frialdad habitual recogió la máscara que reposaba en la base del árbol y propuso tomar alguna bebida fría mientras se terminaban de confeccionar las brasas. La abuela arrojó sobre la mesa una carta que mostró un sol. Los niños escondiendo su disgusto por como concluía su fiesta de disfraces detrás de su ansia de aventura, decidieron ir al parque que había dos calles mas abajo e ir conociendo el barrio y a otros niños que iban a ser sus vecinos con toda probabilidad. Los adultos se sentaron alrededor de una mesa plegable en la que habían dispuesto algunas cosas para picar y bebidas frescas. Enfriaron la cazuela donde comenzaban a hervir sus rencores y envidias en el caldo de la insinceridad y el afecto compartido sin claridad -que sustituye a éste por un "guardar las formas" que induce al resentimiento- hablando de un modo prosaico de la nueva casa y el nuevo barrio. Cada uno pudo olvidarse del resto en sus aspectos mas íntimos y el tono volvió a ser cordial. La abuela extrajo de la baraja una carta que mostraba la imagen de un diablo. La mujer de Juan algo achispada por el Martini comenzó a hablar haciendo chistes sin reparar demasiado en la grosería. Ridiculizaba a todos sin excepción atacando aquellos puntos de cada uno que constituían la base de sus miserias. A Juan le sonrojó contando detalles de la vida íntima que compartían y que no era más que una invitación al suicidio por parte de un alma que en esas circunstancias debía estar obligadamente perturbada. Llegó al paroxismo histérico que no mostraba más que un profundo malestar con todo aquello que le rodeaba. Les gritaba, insultaba, contenía sus manos para no lanzarse en una ensalada de bofetadas, atribuyéndoles que fueran los causantes y únicos culpables de que su mundo interior fuese sórdido como sólo lo puede ser el de alguien que por el fracaso de su inteligencia no ha podido encontrar, tal vez ni buscar, aquello que le haría feliz en base a un respeto de normas y reglas que nunca se atrevió a cuestionar porque le fueron inoculadas de un modo temprano y excesivamente severo hasta formar parte de los cimientos de su pensamiento. En su ataque ya próximo a un estado de trance comenzó a contar cosas y sucesos mezcla de realidad y fantasía cuya audición se hacía insoportable para sus acompañantes. Ellos se congratulaban de que los niños hubiesen ido al parque y no asistieran a la escena, sobre todo cuando la mujer de Juan acusó a éste de querer violar a su propia hija -aunque ella supiese quien era el verdadero padre- que también a ella le había contado el secreto, mientras le escupía en la cara. Juan se mantenía impertérrito y miraba de hito en hito a los tíos pidiéndoles con la mirada que hiciesen algo para poner fin a esta escena. La sujetaron con suavidad y su hermana acarició el pelo suavemente pidiéndole con voz tranquila y susurrante que se calmara mientras recibía insultos y procacidades nacidos de la pura envidia. La abuela se había amodorrado contemplando el diablo impreso en la carta de Tarot. Los gritos histéricos que entraban por la ventana le sacaron de su sopor y extrajo otra carta que mostraba un edificio que se derrumbaba. A la mujer de Juan le hicieron tragar dos barbitúricos y la pusieron tendida sobre una cama para que descansase de su trastorno mental transitorio que ya conocían de sobra. Cuando salieron de nuevo al jardín el tío propuso que mirasen los muebles viejos que había en la casa trastero; quizá hubiese alguno especial por antiguo o simplemente bonito. El tío, amante del ocultismo, tenía en cuanto a la atracción por lo desconocido la misma disposición que un niño ante el truco de cualquier ilusionista. Los tres se entregaron a la tarea de sacar maderas, tableros y piezas metálicas de la pequeña casa y a disponer las piezas intentando clasificarlas de algún modo sobre el suelo del jardín ocupando toda la superficie del mismo. Juan sacó su caja de herramientas y comenzaron a unir unas maderas con otras.
Cuando los niños volvieron del parque una gran superficie rectangular se alzaba metro y medio del suelo ocupando la totalidad del jardín. Extrañas maquinas que imprimían terror a sus ojos se encontraban dispuestas sobre esta superficie. No podían comprender el significado de la construcción de este cadalso. La abuela dudaba extraer la siguiente carta del mazo. Intuía que en ella un esqueleto sostenía una guadaña.
El tren circulaba entre campos de cereales, recorriendo la llanura al atardecer. Una luz rojiza encendía el cielo e impregnaba con su luz las laderas de las montañas que, con el rostro casi pegado al cristal, contemplaba en su recorrido paralelo a ellas, encontrando un relax medicinal de cara a la jornada que le esperaba al día siguiente y diluyendo todas sus cargas en ese remanso de belleza; aturdida su mente por el día de trabajo que cargaba a sus espaldas, la luz limítrofe al infrarrojo hacía evanescente su reflexión cuyo contenido, antes cargado de reproches y resentimientos, se tornaba liviano. Tras esas montañas, aventurándose a través de un cañón que formaba el curso de un río, subiendo alguna loma para bajarla después, cuando el tránsito por el camino junto al cauce se hacía impracticable, se encontraba un grupo de casas abandonadas que conocía -había conocido, quizá ya ni existieran- bien. En aquellos tiempos, estuvo a punto de instalarse a vivir en esa aldea. La habían encontrado por casualidad durante una excursión por el citado río en la que se adentraron más horas de lo previsto en las entrañas de la sierra, jugando con los rápidos que el caudal formaba en algunos lugares y dejándose arrastrar aguas abajo por el sinuoso recorrido entre angostas gargantas de roca, para tener que remontar después el camino desandado, desnudos, después de haberse secado sobre una piedra, a modo de terraza, al sol. Era verano y pasaban días enteros en la montaña, durmiendo con el cielo como techo en los sacos de dormir. Cuando descubrieron la aldea se les presentó ante sus ojos el espacio idílico que deseaban en su interior y que se podía manifestar si tan sólo encontraban el modo de superar los obstáculos que siempre plantea la materialización de una renuncia; alcanzar algo suele significar renunciar a otras cosas por las que se puede tener un mayor o menor apego y esto no siempre es tarea fácil. Cuando vieron el conjunto de casas, se mostró ante ellos con más fuerza que nunca la capacidad de renunciar a cualquier cosa que les mantuviese alejados de la posibilidad de reinventar la vida, sin haberse siquiera planteado en que podía consistir tal renacimiento. Descubrieron en este paraje la infraestructura necesaria para poder vivir sin dependencia exterior si se lo proponían y construir, tras un periodo de inversión material y, sobre todo, laboral un paraíso alejado de la vida alienante de la que escapaban habitualmente con la esperanza de no tener que regresar jamás, que siempre quedaba muda, aplastada por el peso de una existencia ya constituida y cargada de impedimentos de cara a favorecer una deconstrucción fruto del verdadero deseo. Sólo tenían veinte años. Junto a las casas, siguiendo la vereda que descendía hasta el río, encontraron un enorme zarzal que enmarañaba una estructura de apariencia cúbica. Se escuchaba correr agua en su interior. Con las manos, ayudándose de alguna navaja suiza y con mucha paciencia para no lastimarse, consiguieron descubrir una pequeña porción de la planta para poder ver que había en el interior de su panza. Encontraron una pequeña alberca, alimentada por un manantial de agua cristalina, cuyo sobrante rebosaba por un lateral construido a menor altura que el resto. El agua descendía por una acequia deshecha junto al camino, que servía para alimentar los frutales, algunos todavía vivos, plantados en bancales que descendían por la ladera hasta los prados, que hacían de antesala al cauce por el que, en ese tramo, discurrían tranquilas las aguas. Los recuerdos se agolpaban en su cabeza mientras el color rojizo perdía intensidad y el paisaje comenzaba a poblarse de sombras que suponían el final del día; del mismo modo decidió poner punto final a su evocación y ocupar su mente en cuestiones pertinentes. Se dijo que fue una lástima que abandonase el proyecto cuando un nutrido grupo de amigos ya se habían instalado en la aldea dispuestos a reinventar la vida. Participó durante unos meses en esta empresa y fue feliz, pero a los pocos meses, repentinamente, se rodeo de argumentos para desear volver a la ciudad, construir su vida en torno a la opulencia y se marchó, aunque sabía perfectamente que se fue porque no había sabido entender a Celia.
Continuaba su viaje hacia las reuniones de negocios que iba a mantener al día siguiente. Un aburrimiento pertinaz que se constituía como norma una vez por semana. Le habían ofrecido trasladarse a la ciudad donde debía ampliar mercado durante una temporada con gastos pagados por la empresa, pero declinó la oferta prefiriendo viajar una vez por semana allí, dormir en un hotel, planear antes de acostarse todas las visitas que debía realizar para enfundarse a la mañana siguiente el disfraz de ejecutivo y concentrar todo el trabajo en una jornada agotadora de reuniones continuas, comidas rápidas y desplazamientos acelerados en taxi cuando el metro no cuadraba en itinerarios u horarios. Después, sin tiempo siquiera para mudar la americana y la corbata por ropa más cómoda, cogería el último tren nocturno y regresaría a su casa para pasar con su hijo el fin de semana. En el viaje de vuelta la cordillera quedaba oculta en la oscuridad de una noche sin luna. Algunas luces situadas en lo alto de antenas y repetidores dibujaban su contorno imaginario. Esta vez no se ensoñó dentro de los ecos de su memoria; estaba sumido en el cansancio físico e intelectual, repasaba en su agenda los logros conseguidos para su empresa y anotaba las tareas pendientes y algunos flecos que hubiesen quedado sin resolver de cara a su siguiente visita. Dudaba sobre aceptar la oferta de traslado temporal, en vista de lo agotadora que resultaba su decisión que sólo sustentaba por no separase de su hijo. Pensaba que también, por otro lado, le vendría bien tomar un poco de distancia con su presente que estaba girando de un modo nada ventajoso en los últimos tiempos y que ésta era una buena oportunidad. Bien que le habría gustado desaparecer cuando su amante le dijo que prefería no tener el hijo concebido, que no deseaba tener un lazo de unión tan rotundo con él y perder su libertad. Rehusar el alumbramiento significaba dar por concluida la relación, significaba rechazar la propuesta por él deseada y ofrecida de hacer de este nacimiento la consolidación de una unión afectiva y emocional. Ella le mandó una breve misiva contándole su decisión irrevocable, bien meditada, de renunciar a la maternidad en los términos ya expuestos. No sentía un lazo tan fuerte como él atestiguaba en una experiencia que se circunscribía a compartir algunas noches de cama y aliento, que, por cierto, le resultaba más gélido cada vez, proyectado en sus mejillas. Por medio de una amiga común, fue informado de que pensaba iniciar una convivencia con el ingeniero del que tanto le había hablado y con el que, aseguraba, se entendía a la perfección. En lo único que podía decir que le marchaban bien las cosas era en el terreno económico. Ganaba lo suficiente para poder hacer frente a todos sus gastos, incluida una generosa pensión alimenticia para su vástago y vivir holgadamente, pudiéndose permitir salir a cenar a sitios caros acompañado de alguna mujer que se mostrase proclive a la seducción. No encontraba mayor encanto en su vida, convertida ésta en su totalidad en un bien de consumo que devoraba con avidez sin sentirse nunca saciado, sino más hambriento a cada instante y para la que trabajaba con plena dedicación y tesón enfermizo. La semana siguiente volvió a atravesar el mismo paisaje, a la misma hora, las montañas bañadas por la luz del atardecer...
Y Celia despertando sola, cincuenta por ciento de rabia, cincuenta por ciento de tristeza. Hoy no tiene ganas de ver a nadie, tiene algo que madurar dentro de si, algo que está demasiado verde para ser digerido y que le produce cierta consternación que no desea, la vida es tan irrepetible como bella -reflexionaba- dedicarle demasiado tiempo al abatimiento o la turbación es un tremendo desperdicio irrecuperable y eso era lo que debía madurar en sus entrañas, no quería sentirse así demasiado tiempo. Debía arreglarlo en un día de intimidad consigo misma que le supusiese un regalo y le devolviese a la normalidad y al buen humor realimentado al ser compartido. Decide prepararse un pequeño equipaje, saco de dormir incluido; una mochila donde llevar algunos alimentos, cantimplora y un libro para disfrutar en los descansos de su pretendida caminata. Si algo no podía ser eclipsado ni quedar empañado por la relevancia de su ausencia, ese algo era el poder de la naturaleza manifestándose con la capacidad de cuestionar aún las más profundas convicciones que hayan podido ser adquiridas por una reflexión ajena; el sitio ideal, por tanto, para un encuentro con uno mismo. Durante todo el día caminó con empeño montaña arriba, el esfuerzo físico emprendido en derrotar las pendientes era reflejo del denuedo que precisaba -y que estaba acometiendo- psicológicamente para conquistar la cima de la inmensa mole de tristeza que le aplastaba; conquistada una cima, conquistada la otra, pensaba, con el deseo de que al llegar arriba sintiera, por fin, una liberación de sus sentimientos, que no supieron afrontar el desapego aunque hacía algunas semanas que estaban siendo advertidos de lo que estaba pasando, de que él se iba a marchar. Otra parte de su cerebro luchaba contra la rabia que tomaba pinceladas iracundas de tanto en tanto, acercándose peligrosamente a la frontera del resentimiento que, una vez traspasada, suele cerrar la puerta, siendo difícil salir de su territorio donde sólo crecen las malas hierbas. No podía entender por qué ahora que la aldea estaba cercana al funcionamiento autosuficiente aunque austero, después de tanto trabajo agotador, se había rendido. Era cierto, una verdad incuestionable, que no lo estaba pasando bien; esgrimía a la inseguridad como argumento cuando ella le insinuaba que su ánimo se mostraba más opaco toda vez que su humor se plasmaba sombrío, como apesadumbrado, algo les estaba resultado demasiado pesado como para cargar con ello. Algo dentro de él, quizá una de esas reflexiones ajenas que nos han sido inoculadas, le decía que no debía construir su futuro en el interior de esas montañas, aunque semejasen un pequeño paraíso, se sentía vulnerable, como si pendiese de un hilo que de romperse le sumiría en la indigencia. Una idea, una invitada indeseada pero que asomaba de tanto en tanto por su pensamiento, saltando como una neurona díscola en el interior de su cavidad craneal en cuyas paredes rebotaba sin fin, le hacía desear un modelo de relación sentimental que encerrase a la pareja en una caverna de intimidad extralimitada -que por lo general resulta corrosiva para la propia intimidad- que habría que poblar con algún -o algunos- retoños que ilustraran -y dieran colorido y quehacer- al ambiente. Inseguridad que traía de la mano al miedo, instalándose ambos en la conciencia convertida en una marmita donde bullía la angustia evaporada en forma de ansiedad que terminaba por nublar su ánimo hasta la opacidad que pervierte la alegría. Celia siempre argumentaba en contra y le decía que la paralizadora idea del deber -aquello que él pensaba que no iba a cumplir si seguía en la aldea- había sido concebida para que las personas renunciasen a trabajar en virtud de sus propios intereses para hacerlo en el interés de sus amos; así había sido en todas las épocas de la historia y así era ahora en su entendimiento. Le aconsejaba que atendiese a desprenderse de reflexiones ajenas sustentadas en el trono del pánico y no despreciase la oportunidad de construir un nuevo mundo que tenían en los dedos de la mano. Subió hasta la cima de la montaña. El sol descendía y teñía de rojo la llanura a sus pies. Culminada la ascensión sintió el cansancio fruto de la larga caminata en la que había reproducido cada una de las escenas de su batalla perdida. Al contemplar el panorama, una alegría desbordada se apoderó de ella y comenzó a bailar de forma alocada, tan pronto saltaba como se dejaba caer al suelo en una coreografía propia de un rito exorcista por el que intentaba inconscientemente expulsar todos aquellos demonios que la abatían resolviendo que, de hecho, una nueva etapa de su vida estaba a punto de comenzar. Luego se sentó a contemplar el paisaje como si fuese algo cercano a una diosa reinando sobre la llanura encendida a la que una voz perdida en la inmensidad del paisaje lanzaba una plegaria: "cuanto desearía poder crear tu heterónimo, alguien que fuese exactamente igual que tú pero despojado de todo el miedo y la angustia que convierte todas tus bendiciones en humo evanescente, en el cual se disipa tu vida entera". Vio que abajo, sobre la llanura, próximo a las laderas de la montaña circulaba un ferrocarril. El sol rojizo reflejado en sus ventanillas le hacía parecer un extraño gusano cuyo cuerpo estuviese en su totalidad tachonado de ojos encendidos. Se escuchó un estrépito y descarriló de improviso; se arrastró unos cientos de metros sobre uno de sus flancos. Bajó corriendo la ladera sorteando piedras y ramas leñosas, cayendo de bruces en ocasiones. Cuando llegó al lugar del siniestro algunas personas deambulaban aturdidas, otras gritaban en un paroxismo histérico o lloraban convulsivamente, se escuchaban gritos y susurros emitidos por gargantas que habían perdido la fortaleza resonando desde el interior de los vagones. Un hombre asomaba por una de las ventanillas que miraban al cielo, apenas hubo sacado medio cuerpo al exterior se derrumbó con los brazos extendidos hacia el techo del tren volcado, medio cuerpo fuera, medio dentro, tumbado boca abajo. Se acercó a socorrerlo, trepó hasta lo alto y desde un lado intentó cogerlo por las axilas para extraerlo por completo del interior del vagón. Un escalofrío recorrió cada célula de su organismo cuando sus pies resbalaron ante el esfuerzo requerido para levantar el cuerpo inerte y cayó sobre la espalda del cadáver; algo le resultó tremendamente familiar al abrazar el cuerpo de manera accidental. Se levantó de un respingo y respiró profundamente. Una intuición se manifestó con la rotundidad de una certeza: él regresaría a la aldea esa misma noche.
Bajó las escaleras del edificio donde residía algo aceleradamente. Traspasó la puerta y enfiló la acera en dirección a su cita. Estaba alegre y esperanzado, aunque quisiese poner límites a la certidumbre de sus expectativas en previsión de un desengaño, no lo conseguía; no dejaba de soñar y desdeñar los indicios en su contra. Debía relajarse un poco. Desde que se había preparado para salir de casa todo lo estaba haciendo de un modo demasiado apresurado. Bajó de la acera para cruzar la calle y escuchó un sonido de chirrido de ruedas. Instantáneamente un fuerte dolor en la cadera y en su cabeza, que se hundía en algo que parecía relativamente blando tras un golpe sordo y seco que retumbó en su cráneo. Después el tiempo se detuvo y conoció la nada.
Escuchó voces en la lejanía que hablaban ininteligiblemente. Se acercaban, comprendió que no se acercaban las voces sino que era su conciencia la que regresaba y de nuevo existía el tiempo. Algunos se preguntaban si se trataba de un suicida que se había lanzado bajo las ruedas del coche; el conductor, con voz angustiada, insistía en que su velocidad no era excesiva como otros acusaban; otros preguntaban quien tenía un móvil para llamar a la ambulancia... Alcanzó a abrir los ojos; unas cuantas personas, sin atreverse a tocarle, le rodeaban en pie sobre la calzada. Realizó un test de movimiento; aparentemente su cuerpo funcionaba, las voces le decían que no se moviese, que podía tener fracturas. Tras constatar que su cuerpo respondía, se puso en pie y se congratuló de que no le costara demasiado esfuerzo y de que su cuerpo funcionase sin problemas. Efectuó unos movimientos suaves y comenzó a andar. Dijo a la concurrencia que estaba bien, que lo dejasen marchar, que no llamasen a ninguna ambulancia, que tenia una cita importante; se disculpó por su despiste ante el conductor y le libró de toda preocupación. Sólo quería seguir su camino.
El dolor corporal se iba disipando mientras caminaba. Miró el hueso de la cadera, tenía un hematoma considerable y un punto de dolor no demasiado agudo. Acarició suavemente su frente y descubrió una hinchazón en la parte superior derecha, la cabeza le dolía, pero no consideró que fuese lo suficientemente grave como para no acudir a su cita y retirarse a su casa a descansar. Bromeó para si mismo acerca de la inconveniencia de aparecer con un chichón en la frente ante ella; tanto tiempo esperando y deseando esta velada y aparecer de este modo. Seguramente jamás podría olvidar esta primera vez.
Tras la cena en el restaurante se encontraba exultante. Al principio ella había bromeado diciéndole, con gesto muy serio y una estudiada mirada evasiva y displicente, que lo había citado para cenar porque quería hablarle de que su continuo cortejo en el trabajo la estaba agobiando; que tenía simpatía por él pero que se olvidase de cualquier tipo de relación sentimental o íntima y que se mantuviese como compañero de trabajo con rango de amistad y que no echase esto a perder -adoraba su buen humor y su ingenio- por un sentimiento o deseo que no era reciproco. Seguramente a él se le descompuso el rostro con la mueca que produce el fracaso cuando te has hecho demasiadas ilusiones e incluso, de alguna manera, has organizado tu vida en función de ellas y sobreviene la decepción. Ella rompió en una sonrisa próxima a la carcajada y añadió que su golpe en la frente -por cuya causa no había preguntado todavía- le ayudaría a no olvidar esta velada. Antes de que pudiese surtir efecto la crueldad de este comentario le anunció nuevos planes en un viraje de 180 grados. Le dijo que quería que pasasen la noche juntos y que en breve, en cuanto pudiesen los dos conseguir unos días libres en el trabajo, hiciesen un viaje; es la manera en la que soy capaz de conocer en profundidad a los demás, le dijo. En ese viaje podemos decidir un hipotético cambio de rumbo o al menos valorar lo que podemos ser el uno para el otro en nuestras vidas. Su primera respuesta fue una justificación de su golpe en la cabeza mediante un inverosímil accidente doméstico; no quería alarmarla y le hacía sentir estúpido contarle que había sido atropellado por cruzar la calle sin mirar, como un niño pequeño, aunque la causa de su distracción fuese ella misma. Después tomo su mano y acariciándola suavemente le dijo que era muy feliz. El resto de la sobremesa lo pasaron charlando sobre los destinos que preferían para su hipotética luna de miel y besándose de tanto en tanto.
Salieron del restaurante y caminaron cogidos por la cintura hasta la casa de ella; era la más próxima. No necesitaban palabras, sólo el contacto físico en su variante más absoluta y perderse en él. Atravesaron el portal y subieron la escalera hasta la segunda altura. Seguía el movimiento de sus caderas -ella iba delante- con absoluto deleite. Cuando estaban frente a la puerta del apartamento ella le dijo que esperase un momento fuera, quería darle una sorpresa, que entrase cuando oyera su llamada. Quedó fuera en soledad unos minutos imaginando como sería su cuerpo dentro de un camisón vaporoso. Escuchó la voz femenina diciendo que entrase y fuese a la habitación iluminada al final del pasillo. El pasillo estaba a oscuras, en el fondo, a unos cuantos metros una suave luz refulgía a través de una puerta acristalada. Se dirigió pacientemente, intentando degustar al máximo ese momento de gloria soberbia, hacia la luz y entró en la habitación.
El cirujano descubrió su boca de la mascarilla que la cubría. Con gesto resignado y voz que mezclaba la tristeza y la derrota dijo que no había nada que hacer. Un pitido continuo confirmaba sus palabras.............................
Ella duerme tranquila a mi lado. Durante meses se despertó en medio de la noche -de todas las noches- sobresaltada, con lágrimas en los ojos y yo despertaba sabiendo que le había vuelto a ocurrir.
Han transcurrido sólo un par de semanas desde que volvimos de las vacaciones en cuyo transcurso su pesadilla recurrente desapareció; esta vez he sido yo el que ha experimentado el sobresalto y he quedado confuso, paralizado, reflexionando sobre lo que intuyo es una certeza que debo confirmar, un relato vívido con el que he despertado repentinamente y cuya acción detallada se va difuminando mientras la vigilia suplanta al sueño.
Debo hacer una comprobación antes de contarle nada, cabe la posibilidad de que se trate de una broma de mi subconsciente -eso lo deseo por encima de todo-; mejor: en ningún caso debo hablarle de esto, broma o certeza significaría volver a sumirla en la tortura que sufrió durante meses y que en la actualidad parece haber superado y olvidado.
Su mente de calidad científica y espíritu escéptico comenzaba a oscilar y no podía evitar pensar que el mensaje angustiado que recibía cada madrugada respondía a alguna clase de posesión paranormal -cualquier cerebro por escéptico que sea, no deja de sentir atracción por lo misterioso, máxime cuando lo experimenta en sus propias carnes-; aunque su conclusión más aceptada y no menos preocupante, era que estuviera en un lugar fronterizo a la locura; el rostro asustado de la niña y la voz angustiada pidiéndole que lo evitase, que no consistiese que eso ocurriera, se presentaba en su mente en cualquier momento -una evocación pertinaz e inevitable- y circunstancia, distrayéndola por completo de aquello que estuviese haciendo, alterando por completo el transcurso de su vida; se trataba de una invitada a quien nadie había invitado que suplicaba algo a lo que no se tenía ningún acceso, ni siquiera el menor indicio de su naturaleza ni la menor comprensión... Sin duda un trastorno mental.
Antes de visitar a cualquier especialista le propuse que hiciésemos un viaje, algo que la distrajese de la rutina habitual de su trabajo que le consumía demasiado tiempo y energía. Ella detestaba mi insistencia y aborrecía el discurso que acompañaba mi porfía, quizá comenzaba a aborrecer la totalidad de mi persona. Mediante este discurso, le decía que sus cargas se habían apoderado de su ser, cargas sustentadas en dos pilares: la maldita tiranía e irritabilidad de su superior en el trabajo -probablemente derivada de la negativa por parte de ella de convertir la relación laboral en un romance sentimental- y su descontento por que nuestra relación no sucediese del modo exacto que deseaba. Yo le insistía en que estas cargas estaban arruinando su vida y que sus pesadillas no eran otra cosa que una advertencia de su subconsciente. Se irritaba de forma descomunal y comenzaba a criticar "los malditos mensajes de autoayuda". Reía y aseguraba que si todos los problemas personales derivan de la interpretación de la realidad que el sujeto realiza -en eso resumía mis palabras- , nadie sufriría miseria o maltrato por parte de aquellos que se encuentran fácticamente por encima de ellos: con cambiar la interpretación de la realidad sería suficiente; que la dejase en paz con mis tonterías; que era muy capaz y lo suficientemente inteligente como para discriminar aquello que tenía que aceptar lo quisiese o no, de lo que le proporcionaba la alegría y argumentos necesarios para disfrutar de la vida; que me guardase mis discursos para aquellos que el acto mismo de vivir les supusiese un conflicto tal que precisasen mis consejos para no tener que esconder la cabeza como un avestruz; que de que puñetas tenía que avisarle su subconsciente que no supiera ya y que si acaso no había vivido feliz a pesar de sus cargas hasta la fecha, de lo cual yo había sido testigo. Tenía toda la razón. Me hacía sentir estúpido a la vez que incondicional hacia ella.
Viajamos a una ciudad de la costa mediterránea y repentinamente en el transcurso de la tercera noche en el hotel, la pesadilla no se produjo. El resto de las vacaciones lo disfrutamos como locos. Había funcionado: todo se debía al estrés y ella iba recuperando su carácter habitual, ingenioso, de ánimo alegre y humor en el que la ironía y el sarcasmo brillan con la calidad de no hacerlos caer nunca en el razonamiento ordinario o soez. Sentía aliviados mis temores por ella y desaparecía la amargura y el temor de que estuviese desapareciendo todo lo que habíamos sido hasta ahora.
Me he levantado con cuidado, suavemente, ante todo no debo despertarla. He ido al estudio y encendido e ordenador. He buscado las fotos y abierto la carpeta correspondiente a las vacaciones. He mirado las fotos correspondientes al día en cuya noche sus pesadillas desaparecieron, concretamente una serie de siete instantáneas que nos hizo a petición nuestra un desconocido. En ellas estamos los dos abrazados en el centro de una gran plaza peatonal. Tras nosotros, a bastante distancia se encuentra una fuente hornamental. En el centro de la fuente hay una estatua de un hombre tumbado, a su alrededor varias estatuas de cuerpos femeninos en pie vierten agua en el vaso que rodea el conjunto. En el muro que forma este vaso hay mucha gente sentada formando corros, algunos sentados en el muro y otros en pie frente a ellos. La masa de gente no se distingue bien en las fotos, está demasiado lejana y algo borrosa por el enfoque. Amplío las fotos y las recorto de manera que sólo se vea en la pantalla el cuadrante donde aparece la masa de gente.
La imagen no es de calidad pero viéndolas una y otra vez distingo, con la acción repartida entre las siete fotos, como un hombre se aproxima a una niña, se sitúa frente a ella y se la lleva en brazos mientras mira a un lado y a otro, como percatándose de que nadie repara en el secuestro que acaba de cometer..........................
Los perros ladraban en mitad de la noche. Desperté con la mente cargada de imágenes que se desvanecían pese a mis esfuerzos por evitarlo; irremisiblemente se borraban para siempre y su hueco era rellenado por una añoranza cuyos argumentos me resultaban desconocidos; no sólo imágenes, también un caleidoscopio de emociones se extinguían y debían ser muy gratas a juzgar por el mal humor por el que fueron reemplazadas cuando la vigilia se adueñó de mí por completo y el espacio se llenó con el sonido de la jarana canina hasta el último resquicio de mi consciencia. Pensar en el trabajo, en la oficina que me aguardaba al día siguiente; los balances amontonándose sin tregua y la garganta seca y agotada en miles de palabras de las que no soy más que un simple depositario, lanzadas a través de un teléfono; la repetición de un protocolo diario en el que cualquier variación suponía una señal de alarma y el mero -aunque laborioso- aburrimiento era señal de que todo iba bien. Luego la vuelta a casa y a la soledad, al hartazgo de llamar a cualquier amigo para volcar en él mi desidia ante unas cervezas; a la fatiga de no encontrar nada que me interese más allá de las tareas cotidianas que me puedan reportar dignidad cada día. Sólo faltaba una noche desvelada para que esta vida modulase de rutinaria a tortuosa. Una noche de insomnio para adquirir la certeza de que la forma como vivo es el molde que me hace ser como soy y que si quiero ser de otro modo debo de cambiar este molde antes de que esto resulte imposible; puede que sea demasiado tarde y que mi conversión en el tipo más desganado y soporífero de este planeta sea ya irrefutable. Es el modo como viven lo que hace a las personas y no al contrario aunque, en ocasiones, de esto resulte una dicotomía interna. Y es esta contradicción la que me hace tan poco valioso a mis propios ojos. Salí al jardín a tranquilizar a mi podenco, seguía ladrando enérgico y corriendo con el pelo de su lomo erizado, pegado al muro -mitad piedra, mitad tela metálica- que constituía los límites de mi casa. Los demás perros del barrio le hacían coro. Se escuchaban ladridos muy cercanos y otros más alejados y parecía propagarse el mensaje; quizá terminasen por ladrar todos los perros de la ciudad. Estaba convencido de que la sinfonía canina había comenzado con los ladridos de mi perro; cuando desperté escuchaba sus sonidos inconfundibles y percibí como se sumaban las voces de los animales de los vecinos colindantes; cuando salí al jardín, se iban sumando otras voces de otros perros proferidas desde lugares cada vez más lejanos, como si cada uno fuese el eco de todos los demás, pero no cabía la menor duda: el escándalo había comenzado en mi casa. Crucé el jardín y me asomé a la puerta de entrada. El perro me acompañó algo nervioso, emitiendo ladridos de un modo más esporádico que completaba con gruñidos que delataban su desconfianza; su pelo ya no se mostraba erizado. Poco a poco la barahunda canina fue cesando. Quedé unos instantes mirando a ambos lados de la calle; no era normal que el perro se hubiese asustado de esta manera, no iba con su carácter. Ante mi vista sólo se presentaba la calle desierta y penumbrosa -eran muchas las farolas que no funcionaban- ningún indicio de que nadie hubiese pasado por aquí, ninguna figura misteriosa saliendo de entre la penumbra, ni el más leve sonido que insinuase la presencia de cualquier ser vivo, nada. Volví al interior de mi vivienda. Mi perro quedó al otro lado del umbral con la expresión del deber cumplido dibujada en su cara. Ya en mi cama me resultaba imposible volver a conciliar el sueño. Sentía una extraña ansiedad, como si hubiese sufrido una pérdida; algo parecido a cuando se sale de viaje y se tiene el presentimiento injustificado de que algo quedó fuera de la maleta o de que tal vez un grifo quedase abierto o una estufa prendida en la casa desierta. Y no pude dormir en toda la noche, cansado de ser quien soy y no la persona que desearía ser.
Me he levantado de la cama en la habitación del hotel bastante desesperanzada. Es mi último día en esta ciudad desconocida y toda mi estancia aquí me ha resultado infructuosa. Quizá realice las últimas pesquisas pero creo que he viajado a una ciudad equivocada. Hasta ahora nos bastaba con mantener nuestra comunicación y poder vernos en lugares inverosímiles y dotados de cierta magia y jugar al juego en el que tú dices que te llenas y encuentras la sustancia vital; pero esta magia era incapaz de detener el deseo de fundirnos en un abrazo y este deseo terminaba por anegar el ambiente. Antes de iniciar mi viaje investigué sobre la colección de datos que me habías proporcionado a lo largo de nuestros encuentros. Era tarea difícil porque muchos eran incorrectos; sé que no se trata de un engaño premeditado; a veces cuesta discernir lo real de lo fantástico. Cada mañana al levantarme añadía las nuevas pistas que me ibas facilitando; más tarde te preguntaba sobre algunos pormenores acerca de ellas. Me costaba un gran esfuerzo; tú vas, vienes, te despides, regresas, en nuestra existencia difusa y cada vez echo más en falta tu alegría e ingenio desbordante de vitalidad como queriendo exprimir cada segundo antes que despunte el día. También me asaltan las dudas en algunos momentos y me pregunto por que he emprendido este viaje, la locura de no saber dejar cada cosa en su lugar y poder disfrutar de todas las vidas sin necesidad de entrelazarlas... Y creo que la respuesta es que lo hago por ti. No se trata de un enamoramiento al uso, no estoy hablando del amor que, mal entendido, puede pudrir estas y otras bellas palabras; puede ocurrir que un simple encuentro con una persona determinada resulte trascendente en el decurso del resto de la existencia, ya sea por simple transferencia o por el ánimo que esta persona pueda infundir, quedando la vida, caso de que este encuentro no se produzca, fragmentada para siempre por una mera cuestión de azar. Estaba claro que debía ser yo quien te buscase. ¡Sería todo tan sencillo si tuvieses el don de la memoria!. Tu siempre respondes que ese es tu mayor deseo. Tras mucho trabajo pude conjeturar en que ciudad puedes estar e incluso en que barrio de esta ciudad. Llevo tres días investigando, preguntando en comercios y otros establecimientos si conocían a tal persona y les daba una descripción pormenorizada de tu aspecto y pronunciaba tu nombre, pero no obtuve ningún resultado y estaba cansada de mirar constantemente a la gente que poblaba las calles deseando reconocerte y temiéndolo al mismo tiempo; el temor que me produce la certeza de que no me vas a reconocer y no tendré palabras para decirte como hicimos, sin que me tomes por una persona trastornada. Hoy no voy a continuar con esta fustración. Se que más tarde podré obtener respuestas y aguardaré pacientemente hasta encontrar la ciudad verdadera, si no opto por desistir para siempre. Tomaré un día sosegado de descanso, quizá, para matar el tiempo, vaya al cine esta tarde y mañana temprano el tren me devolverá a mi ciudad y a mi trabajo. Lo que más deseo es que llegue la noche, poder dormir, encontrarme contigo y seguir preguntando y perseverando en enseñarte el don de la memoria y que acudas solícito para que te muestre los lugares que descubrí guiada por el viento de la fantasía y que te perdiste porque te atacó el insomnio.
Me levanté de entre las sábanas con la liviana y agradable sensación de volar sobre mi cuerpo. Una intuición mágica me lleva
a una calle sombría constituida por casas ajardinadas. Me detengo frente a la puerta, sé que te encuentras ahí aunque es posible que tenga que llamarte para que vengas de allá donde andes. Tengo el convencimiento de que acudirás a mi llamada. He penetrado en el jardín ardiendo en el deseo de preguntarte más detalles para saber en que ciudad vives (y se que me confundes porque te cuesta conectar con tu conciencia del mundo real) o de volver a repetirte las estrategias, que siempre olvidas, para que recuerdes lo soñado, para poder dar contigo en el ámbito corpóreo, donde tanto te añoro y donde tanto hemos deseado fundirnos en un abrazo. Vienes, estamos muy cerca el uno del otro. En este momento un perro recorre el jardín, está nervioso, asustado y ladra con desenfreno corriendo de un lado para otro. Y te alejas, súbitamente desapareces, no cabe duda de que has despertado y retornas a tu cuerpo dormido. Varios perros se unen a la algarabía. Sales de la casa y tranquilizas a tu mascota. No puedes verme ni oírme y decido marchar allá donde me lleve el mundo de los sueños en su trasiego aleatorio para que los perros dejen de molestar al vecindario.
El espejo.
Lo que vio reflejado en el espejo fue el rostro de un hombre tremendamente viejo. No podía ser él, sin embargo, pudo reconocer sus facciones tras el impacto inicial producido por ver un anciano ocupando el lugar donde su rostro debía mostrarse. Era como si la noche hubiese durado cincuenta años y al despertar su edad pasase con creces de los ochenta. No experimentó ninguna reacción instantánea; quedó literalmente pasmado concentrado en la visualización de los detalles. Abrió la boca y observó su dentadura, ayudándose con los dedos estiró sus labios arriba y abajo comprobando que le faltaban varias piezas, varias muelas, tanto en el maxilar superior como inferior, los incisivos y caninos los conservaba, aunque algo amarillentos y bastante romos. Hizo presión con la lengua sobre ellos confirmando un ligero movimiento en los incisivos inferiores. Sus dedos manipulando su boca le semejaron unos sarmientos leñosos y sus manos huesudas, manchadas y de dedos corvos a los que costaba un gran esfuerzo estirar, le insinuaron más parecido a garra que a mano. Su pelo era totalmente blanco, despeinado por cincuenta años de sueño inexplicable, pero no había crecido ni tampoco sucumbido víctima de la alopecia; mantenía un corte no demasiado escrupuloso. Pensaba que en sus cincuenta años de sueño había acudido al peluquero con la regularidad acostumbrada de un par de veces al año; por el aspecto que presentaba debió cortarlo algunos meses atrás. Estaba afeitado, con toda seguridad los pelos plateados que asomaban como agujas en su rostro debían de tener un par de días de antigüedad; tampoco era persona que se afeitara a diario. Seguía manteniendo un aspecto delgado, pero aún así, sus mejillas colgaban flácidas y la piel de su cuello se derramaba por falta de tersura. Suspiró con profundidad dilatada en el tiempo y se resistió a pensar; pensar significaba aceptar como premisa la imagen que mostraba el espejo y eso, sencillamente, era inaceptable. Escrutó sus ojos y se detuvo con tristeza sobre las bolsas que se descolgaban bajo sus párpados inferiores los cuales tampoco abrazaban -la gravedad era más fuerte que ellos- al globo ocular a la perfección, una ligera caída mostraba su tejido interior. Toda esta imagen le explicó las sensaciones que había experimentado en el momento de levantarse; se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño aún medio dormido y sintió que su cuerpo pesaba más de lo acostumbrado y que sus movimientos iban acompañados de una torpeza inusual y desconocida, acompañados de algo que, sin ser dolor, ponía de manifiesto sus articulaciones de un modo molesto. Sentía rigidez en los movimientos que requerían demasiada energía para ser realizados; energía que no encontraba con facilidad. Ahora comprendía esas extrañas sensaciones corporales y quitarse el pijama -que le venía muy holgado- y observar la totalidad de su cuerpo desnudo era algo que le producía terror. Un recorrido por la casa le mostró que ésta se encontraba tal y como la había dejado la noche anterior, cuando era como mínimo cincuenta años más joven. Se asomó a la ventana y tampoco nada había cambiado en el barrio. Sólo pudo recostarse en un sillón y quedar con la mirada perdida disolviendo su pensamiento contra la pared de enfrente; delante de esta pared sobre una mesa al efecto había un televisor apagado, su rostro se reflejaba en la pantalla oscura como un espectro. La mirada perdida contra la pared y el doctor haciéndole preguntas que no quería responder. Un síndrome depresivo distímico con intentos suicidas le había llevado allí. Antes de ser ingresado, había sido dado de baja en su trabajo al que no acudía. Largas sesiones de terapia, cócteles de fármacos y eternas conversaciones colectivas por las que no sentía ningún interés, como si viviese únicamente para la pura anhedonia. Los terapeutas lo trataban con la condescendencia que les producía su desgracia derivada de otra desgracia de la que era absolutamente inocente y que le apeaba de la senda de la vida; como si su neurosis psicosocial les pareciese congruente y difícil de superar, alimentando una solidaridad que suponía un incentivo en cuanto a su trabajo con él. Lo fortuito, las conjuras del azar cuando se pone en contra y así suele ser la mayoría de las veces; no en vano la estadística dice que hay muchas más probabilidades de morir en un accidente que de enriquecerse al conseguir un premio sustancial en cualquier sorteo de lotería.
Ha bajado al bar de la esquina a desayunar. En el armario ha podido encontrar algunas piezas de ropa que pueden resultar acordes a su nueva condición de anciano, unos pantalones oscuros y una sencilla camisa de tela con finas rayas verticales de color gris.
En este lugar tomaba su desayuno numerosas mañanas. Se acomodó en una banqueta frente a la barra y pidió un cafe con leche y un croisant. El camarero quedó perplejo durante unos instantes con la mirada clavada en el rostro que tenía enfrente; le recordaba a alguien, pero no acertaba a saber quien era. El anciano agarró un periódico de la barra continuando con su ritual matutino. Captó la perplejidad del camarero que tan bien conocía, pero prefirió fingir que era un cliente primerizo, es decir, comportarse como tal antes que identificarse y contar su historia a todas luces increíble. Constató que las letras del periódico eran un magma borroso e ininteligible; tuvo que contentarse con leer los titulares y disimuló, hizo como si estuviese leyendo el grueso de las noticias intentando no arrugar el rostro para favorecer un enfoque inalcanzable. Cuanta vida se le había escapado en un suspiro; recordaba estas palabras que tanto habían sonado en su cabeza pocos días antes de recibir su alta médica, pronunciadas por una voz que sólo él podía escuchar. El camarero seguía dirigiéndole miradas furtivas de tanto en tanto, sufría la misma intriga por saber de que conocía a ese anciano que desayunaba en su local como las que producen las palabras cuando se quedan en la punta de la lengua y se resisten a salir de ahí. Un nuevo cliente entró en el establecimiento. Era una mujer esbelta, se situó a un par de metros del anciano en la barra a su derecha. Sus rostros se encontraron y sostuvieron sus miradas. Estaba acostumbrado a recibir respuestas gestuales que transmitían o bien coquetería, pavoneamiento, simple agrado por sentirse admirada o alguna objeción que solía expresarse con dulzura si no lo impedía el mal humor; había sido un hombre atractivo. En esta ocasión percibió un rechazo mezcla de asco y reparo ante un descaro que oscilaba entre lo obsceno y lo ridículo. Y así justamente se sintió; obsceno, ridículo y triste. No era consciente de su nueva condición que físicamente se plasmaba de un modo rotundo pero cuyos aspectos sicológicos todavía no había encajado. Retiró la mirada de un modo abrupto y sonrojado y se escondió en el periódico. Las letras borrosas le hablaban esta vez de todo aquello que antes podía hacer y ahora ya no estaba a su alcance o podía resultar humillante. Reflexionaba en torno al modo en que su vida se había esfumado de improviso y del profundo malestar que produce advertir que la vida, aunque todavía pudiese disfrutar de un café con leche y un croisant, se ha escapado y que quizá no aprovechó lo suficiente -aunque éste no era su caso, no podía evitar el placer de la extrapolación- el jugo que ésta pudiera darle, sin capacidad de volver atrás y sin que todos los obstáculos, ya fuese por la observación de algún dogma o por haber contraído obligaciones de dudosa obligatoriedad, en los que su vida hubiese tropezado, no iban a devolverle el tiempo ya transcurrido; se aproximaba al último suspiro en un camino sin retorno. Pagó su consumición y salió de nuevo a la calle. El simple gesto que la muchacha del bar había dibujado en su rostro le había mostrado una nueva realidad. Su vida quedaba circunscrita al mundo de los recuerdos, a hacer de la evocación el modo de disfrutar de aquello que la vida ya no le ofrecía, a asumir que era persona poco importante o poco a tener en cuenta -sin que se tratase de un juicio deliberado por parte de los demás- por el entorno. Se cruzó con alguien que corría hacía la parada del autobús y deseó poder correr como él -ahora que su locomoción se restringía a un pesado, torpe y molesto arrastrar los pies- en consecuencia, recordó sus partidos de fútbol cada sábado; si se encontraba con una mujer bonita su mente se llenaba de rostros y cuerpos conocidos cuyo recuerdo hubiese encendido acaso una similitud fisonómica o un simple parecido en el movimiento y con los que quizá alguna vez se hubiese fundido; podía sentir, de algún modo, el placer redivivo que pudiese llenar, aunque sólo fuese una pequeña parte, el pozo de su deseo. Hacer del pequeño trance que constituye el estado de duermevela, la experiencia máxima en la que los recuerdos se tornan vívidos y las escenas recordadas se viven con una intensidad cercana a la experiencia que los dejó grabados en la caverna de la memoria histórica que ahora, por una cuestión de pura necesidad, adquiere una claridad y cantidad de registros inusitada con la que poder llenar la soledad mediante rostros con nombre y nombres sin rostros, muchos de ellos quizá ya cadáveres, que ofrecen la compañía que, de algún modo, no cesaron jamás de compartir, porque se alojaron en lugares muy profundos de la existencia. Continuó andando con la idea de que le gustaría ser un reptil y que su peso descansase sobre la totalidad de su cuerpo antes que sobre sus piernas que con el escaso trayecto, cincuenta metros de ida, cincuenta de vuelta, comenzaban a resentirse. Anotó en su lista mental de objetos necesarios, junto a las gafas para ver de cerca, un bastón en el que apoyar parte de su peso cuando caminase. Una leve protuberancia en el enlosado de la acera hizo que sus pies reptantes trastabillasen y cayó al suelo. Tuvo una sensación como si todas sus articulaciones se hubiesen desmontado. Tal vez su cadera se hubiese roto. Unos jóvenes que caminaban por la acera de enfrente acudieron y le ayudaron a levantarse del suelo y se interesaron por su estado. Se apoyó en ellos un instante hasta que su dolor fue remitiendo y pudo comprobar que por el momento el terrible accidente no había revestido demasiada gravedad. Tomó conciencia de su extrema fragilidad. Anduvo lentamente los últimos metros que le separaban de su piso. Una vez allí, se instaló de nuevo recostado en su sillón, relajó su mente y supo que su elección estaba decidida.
Durante la última sesión de terapia adoptó una nueva actitud. Su mirada antes perdida se mostró vital y atenta a las palabras del terapeuta, con quien mantuvo de hecho, una conversación sustituyendo al monólogo -como había ocurrido diariamente durante los quince días desde que fue ingresado- al que sólo asentía o negaba, las más de las veces de un modo aleatorio, con la mirada desvaída y la atención ausente, concentrada en la voz que escuchaba interiormente que acababa de prometerle un juego sin desvelar su contenido; la experiencia definitiva que le llevaría a decidir mantenerse en este mundo o no. Sostuvo la conversación con el doctor de un modo premeditado cargado de vitalidad desbordante. Ante todo debía convencerle de que su idea fija, que no llegaba a realizar por un acceso de cobardía en el último instante, ya no ocupaba su pensamiento. Se deshizo en felicitaciones a todo el equipo de la residencia por haber conseguido tan buenos resultados en tan poco tiempo mientras en su diálogo interno seguía sin obtener respuesta a su intriga. Tras dos días en observación fue dado de alta con el requerimiento de presentarse en la clínica una vez por semana para efectuar un seguimiento y de que acudiese a ésta si notaba el menor indicio de recaída. Llego a su casa por la tarde agotado por todas las experiencias vividas desde que ocurriese el fatal accidente que le dejo en medio de la soledad, sumido en -así lo creía- alucinaciones auditivas y abocado al suicidio. Reconocía la voz que le hablaba y extrañaba no poder ver su cuerpo con la misma naturalidad que escuchaba su voz diciéndole que debía rehacerse, que si hay cosas que son insuperables, sólo resta aprender a vivir con ellas. Se metió en la cama y durmió. Despertó a la mañana siguiente y todavía medio dormido y con los músculos entumecidos que sentía más pesados y torpes que nunca, fue al cuarto de baño dispuesto a adecentarse. Lo que vio reflejado en el espejo fue el rostro de un hombre tremendamente viejo. No podía ser él, sin embargo, pudo reconocer sus facciones tras el impacto inicial producido por ver un anciano ocupando el lugar donde su rostro debía mostrarse..........................
Estaba sentado frente a mí en una silla situada a escasos metros de la cama fumando un cigarrillo y exhalando largas bocanadas de humo. No se había quitado el abrigo, holgado, de lana ni el sombrero que oscurecía su rostro. La poca luz que se colaba por las rendijas de la ventana cerrada -los póstigos no encajaban del todo bien, algo curvados por el paso del tiempo, en sus molduras- no llegaba a iluminar su cara oculta a contraluz, mantenía una pierna cruzada sobre la otra y sé que me estaba mirando sin decir una palabra. Desperté con su presencia en una habitación que me resultaba extraña. No me alarmó su comparecencia, al momento supe quien era él y donde me hallaba. Abrí los ojos, lo vi sentado y no encontré palabras a modo de saludo, tampoco ninguna inquisición acerca del motivo de nuestro encuentro; quedé tumbado de costado, en la posición en la que había despertado y deje transcurrir el tiempo con esta imagen en blanco y negro en la retina y el olor del tabaco adueñándose del paisaje olfativo de la habitación, también compuesto, para completar la fotografía percibida por la pituitaria, de aire viciado, ropa sucia amontonada, vapores procedentes de la transpiración corporal y el polvo flotando en el ambiente, propio de una casa largo tiempo deshabitada, formando un conjunto espeso que quizá pudiese ser tanto digerido como respirado.
Se levantó de la silla y se dirigió hacia la ventana. Abrió ligeramente uno de los postigos y observó el exterior con cautela, queriendo ver sin ser visto. El rayo de luz que penetró en la estancia a través de la leve abertura me permitió ver más detalladamente su fisonomía de espaldas, alto, espigado, el sombrero calado algo ladeado y el largo abrigo avejentado deshilachado en los bordes inferiores. Arrojó la colilla al suelo con desdén materializado en el resto de cigarrillo, pero que iba dirigido al causante de su desgracia, al que aplastó con furia para que la colilla quedase completamente apagada.
El cuaderno abierto tal y como quedó cuando se deslizó de mis manos que cayeron pesadamente sobre mi estómago proporcionándome un ínfimo grado de lucidez que sólo alcanzó para que extendiese un brazo y una mano torpe, a tientas, tras haber humedecido los dedos pulgar e índice con la lengua, diese con el pábilo encendido y sumiese el cuarto en la oscuridad. Me había enfrascado en la lectura del manuscrito, extenso, hasta mantener una lucha tenaz contra mis párpados, empeñados en cerrarse, en acometer una caída definitiva que pusiese punto final a la jornada y a la lectura, incorporándome de vez en cuando hasta formar un ángulo de noventa grados entre mis piernas y mi tronco para conseguir despabilar un mínimo que me garantizase unos instantes más de lectura y así, sumando instantes, poder terminar de leer todo el contenido impreso en la libreta antes de caer dormido de un modo instantáneo una vez concluida la última linea.
Cuando estuvo sentado de nuevo frente a mí, comenzó a hablarme. No podía responder a su pregunta de por qué había ido a la casa, al porqué de mi presencia en la habitación. Él tampoco se sentía extrañado. Llevaba varios días refugiado en esa habitación, en tensa espera, sin saber hacia que lado iba a inclinarse la balanza, en que términos iba a oscilar el péndulo que decidiese sobre su vida o su muerte. A veces intentaba dormir, dicho del modo que él lo expresó, el sueño consiguió derrotar a su estado de alerta durante algunos minutos en los que caía en un sopor repentino que alejaba la pesadilla y resumía tiempos felices, unos instantes de descanso que se interrumpían de forma súbita cuando escuchaba el más leve sonido que viniese del exterior, aunque sólo fuese el agitarse las ramas de los árboles por una suave racha de viento. La noche la había pasado fuera de la cama que presentaba mantas y sábanas hechas un revoltijo sobre el jergón. El nerviosismo y la incertidumbre sobre el desenlace le carcomían; no hacía otra cosa que pasear por la habitación, abrigado cuanto podía en la fría noche, e ir de la ventana a la silla encendiendo un cigarrillo tras otro, a la espera, intentando calentar en todo momento la esperanza de que fuesen sus correligionarios los que viniesen a buscarlo para que lo sacaran del país antes de que lo hiciese la guardia civil para sacarlo de este mundo, preguntándose en todo momento por qué se había utilizado el ingenio humano, esa capacidad que debería utilizarse para hacernos felices y, de algún modo, si el ideal postrero del ser humano es la búsqueda de la felicidad y ésta su mayor riqueza, ricos a todos, para producir en su lugar, un baño de sangre, que a la vista de los acontecimientos que se desarrollaban en Europa, no había hecho más que empezar, como un banco de pruebas donde se experimentasen los últimos avances en aviación militar y para saber hasta donde puede llegar la atrocidad y la barbarie. Quizá su ideología que ahora le condenaba a muerte sólo consistiese en querer poner el talento y los hábitos sociales al servicio de la humanidad, algo que ésta jamás ha conseguido y por lo que los jóvenes libertarios que poblaron su juventud quisieron luchar contra un absolutismo que los asesinaba en Marruecos.
Descubrí el cuaderno tras la muerte de mi madre. Cuando vacié su piso, (el mismo en el que yo había vivido desde que siendo muy niño nos trasladamos a esta ciudad huyendo de los estigmas que nos imponía la pertenencia al bando perdedor, hasta que me emancipé con veinte años) encontré en el fondo de un cuarto trastero una vieja maleta con algunas ropas y objetos que habían pertenecido a mi padre. Entre las prendas, un encendedor, una antigua -preciosa- pluma estilográfica -que conservo como un tesoro- y alguna bagatela más, estaba el cuaderno que incluía entre sus páginas una narración de sus últimos días, antes de ser detenido para morir después en la construcción del ignominioso mausoleo ordenado por el general para memoria de su barbarie. Sus palabras se debatían con un verbo errático y desordenado entre la angustia, el rencor -no exento de cierta ansia de venganza aunque lo fuese de un modo divino- hacia aquellos parientes próximos que le habían delatado y la esperanza de que sus amigos, alertados por mi madre, llegasen pronto para llevarlo a un refugio más seguro hasta que encontraran el modo de sacarlo del país rumbo al Méjico de Lázaro Cárdenas, como tantos otros exiliados y refugiados políticos españoles. Cuando mi madre llegó a la casa de campo en compañía de un conocido, sólo encontró el cuaderno sobre el camastro. La guardia civil lo detuvo antes que ella pudiese encontrar un lugar donde guarnecerlo y que no comprometiese demasiado la libertad de ninguna de sus amistades. Sólo llegó unas horas tarde -esta historia me fue relatada en mi infancia, cuando tuve suficiente juicio, pero jamás me habló de la existencia del cuaderno- parece ser que fue su propio hermano, mi tío al que nunca conocí, el que comunicó a las autoridades (quizá bajo presión, pero también sucumbiendo de un modo cainita por sus diferencias de pensamiento) la existencia de la casa de campo en desuso donde probablemente se encontraría agazapado el fugitivo.
En unas páginas del cuaderno mi padre habla conmigo. Me habla como si fuese el adulto que, de no salir bien las cosas, nunca conocerá. Lo lamenta, es lo que más le entristece; más todavía que la delación de la que ha sido víctima; más aún que haber sufrido vivir en un mundo enloquecido transformado en una máquina de picar carne que nunca renunciará a su sangrienta labor. Me imagina en la penumbra del cuarto, con las primeras luces del día filtrándose por los resquicios de la ventana desvencijada, fantasea con las mantas y sábanas revueltas que han adquirido fisonomía humana y les habla, me habla a mí y lo hace a modo de despedida.
Leí el cuaderno a la luz de una vela. Un exceso de luz resultaba demasiado hiriente para mis ojos que preferían acogerse a un grado de intimidad supremo con aquellas palabras que, de algún modo, desde el anonimato, siempre habían estado dentro de mí, sentirme como si estuviera en el interior de una caverna que me adormecía. Luché contra el sueño que pugnaba por poner fin a mi regresión hasta que terminé la lectura, pude apagar la vela y pude contar a mi padre como había sido nuestra vida. Le hablé mucho de mi madre, de un modo sosegado, tranquilizándolo, insistiendo en que a nosotros, finalmente, la vida nos trató bien y le refería algunas anécdotas que pudiesen resultarle más ligeras o divertidas que enternecedoras, perdiéndome en palabras que aliviaran su angustia sin escatimar en mostrar reconocimiento a su persona y a sus ideas, hasta que llegaron los guardias y con estrépito irrumpieron en la estancia. Sin mediar más palabras que los insultos y las imprecaciones hacia alguien que sólo consideraban un "perro rojo", dos de ellos lo sujetaron cada uno de un brazo y lo sacaron, sin encontrar resistencia, de la habitación rumbo a los trabajos forzados. Antes de cruzar el umbral de la puerta mi padre miró furtivamente hacia atrás, hacia la cama donde me dirigió una mirada con la que vació sobre mí la totalidad de su amor y su ternura, como si su vida entera hubiese sido depositada, carente ya de valor, en mi interior, para que estuviese siempre conmigo.
Al menos durante esa noche pude ser su invitado....................................
martes, 23 de octubre de 2012
Quizás, supongo, las auroras boreales
sean las almas que se van cada día
de este mundo...
Así debe verse el aura de cada uno
cuando emana emociones,
dos personas que al conocerse
emiten ese resplandor
tal vez del mismo color y se une
sobre ellas.
Qué maravilla si fuera así !
Hay tantas cosas que el ojo humano
no percibe...y están ahí.
Si acaso nuestro amor de nuevo fracasara
Tu sabes que seria lo peor que nos pasara
lo que hubo entre los dos no se hizo en un momento
ati no te compre por eso no te vendo
Tu, tristemente tu
me dijiste cuando me aleje
que de amor ya no se muere
mas muriendo me marche
pero estoy aquí
tras un año he comprendido que
si de amor ya no se muere,
yo sin ti no viviré
Abrázame también no importa que nos vean
si sabes que me hace tanto bien
quizás comprendas
que se han de aprovechar todos los minutos
después nos faltaran si no vivimos juntos
Tu que me ocultas, tu?
si otro amor tuvieras, dilo aquí
poco cuesta confesarlo pues te veo sonreír
no podrás mentir
tu tenias la razón, quizás
si de amor ya no se muere
algo en mi se morirá
si me dejas tu
nuestra historia tiene mal final
que si de amor ya no se muere
algo en mi se morirá...............
Adicción al amor
Muchos aseguran que es mejor estar solo que mal acompañado, pero están los que optan por tener una pareja a cualquier precio. Es entonces cuando el amor se transforma en adicción.
Muchas veces la soledad puede llevarte a elegir a la persona equivocada con tal de estar en compañía. Pero paradójicamente, si tu pareja no se ajusta en nada a tus expectativas, es probable que te sientas tan o más sola que antes. Claro que cuando esto sucede inmediatamente se pone en escena la fantasía de que tu amor va a ser suficiente para cambiar a la personas que elegiste.
La adicción al amor es muy intensa es una persona con baja auto estima necesitando constantemente que los demás en especial su pareja, la o lo valore. Para el adicto al amor, amar es poseer, celar, dominar y estar pendiente del otro, ser un esclavo y tratar de que el otro también lo sea.
"Recuerda que la mejor relación es aquella en la que el amor por cada uno excede la necesidad por el otro."
Una mujer como Tú...
No provoca, YA es provocante...
No es inteligente, es SABIA.
No se insinúa, muestra el CAMINO sutilmente...
No se precipita, espera el MOMENTO indicado...
No nada, NAVEGA...
No vuela, FLOTA...
No piensa en cantidades, prefiere CALIDAD...
No ve, OBSERVA...
No anda, CAMINA...
No es pretenciosa, simplemente SE GUSTA...
No juzga, ANALIZA...
No compara, ASIMILA...
No consuela, entibia el CORAZÓN...
No busca, DESPIERTA los sentimientos...
No coloca cadenas, deja LIBRE...
Porque sabe lo que quiere, cómo lo quiere y cuándo lo quiere…
Recuerda que no obtener lo que uno quiere, a veces, es un golpe de suerte maravilloso.
Reflexiones de la Vida
Cuando la vida parece ponerte un desafío, una reflexión puede ser tu respuesta!
Que la vida no sea sólo el conjunto de cosas que nos pasan, sino también un conjunto de cosas que queremos que nos pasen.
“Nunca sopla viento favorable para el marino que no sabe en que puerto echar anclas.”
Proverbio americano
/
“La mejor decisión que podemos tomar es la correcta, la segunda mejor es la incorrecta, y la peor de todas es ninguna.”
Theodore Roosevelt
La soledad es el camino por el cual Dios quiere llevar al humano hacia si mismo. No todo el que esta rodeado de gente se siente acompañado. No todo el que sonríe es feliz. Aveces el resto no sabe lo difícil que es sonreír cuando en verdad no tienes ganas de nada... ♥Es mas fácil sonreír, que explicar por qué estas triste. ♥
Es imposible, nos repetimos como un mantra.
Cuando la única verdad, es que hace tiempo,
que ni tan solo lo hemos vuelto a intentar.
Preferimos actuar como víctimas de nuestro propio holocausto,
que alimentamos cada día con nuevos miedos,
estamos tan acostumbrados a ese silencio derrotista,
que creemos que esa es la verdad y que las palabras solo sirven para construir historias y
cuentos de hadas, en los que dejamos de creer, apenas, pasamos nuestros primeros años.
Hoy te invito a ver tu cara reflejada en ese espejo,
a que en lugar de romper con él,
rompas con la imagen que se ha dibujado
y permitas que ese o esa que sí eres,
en quien sí te reconoces, salga afuera,
tal vez aun tengamos esperanza y resulte que a pesar de lo que otros puedan inventar,
sigamos estando vivos.
"El amor tiene razones, que la razón no entiende".
En nombre del amor se dicen muchas cosas
y se prometen muchas mas.
Morimos sin amor, nos morimos de amor,
deseamos al amor y lo odiamos,
jugamos con el amor y lloramos.
Ahhh sublime momento en que mirándonos
descubrimos que se paraliza la sangre
y se nos caen las palabras!!!!.
Y sin darnos cuenta lo matamos por descuido,
lo mancillamos por desprecio y
lo tiramos por venganza...
Todos somos expertos hablando de él,
todos damos consejos y proclamamos
a gritos su nombre,
pero todos en algún momento
lo perdemos o lo dejamos ir,
porque nos cansó y nos asfixio.
Lo bueno que tiene este sentimiento
es que así como se va vuelve,
como las estaciones del año...
a veces con flores frescas
y
otras con hojas secas.
Equivocarnos no es una opción,
uno se equivoca porque cree.
La equivocaciòn forma parte de
esa prueba y error que es vivir.
Muchas veces aún sabiendo
confiamos en las posibilidades
que ofrece otra opción
y llegamos al mismo resultado.
No se equivoca el tonto,
se equivocan todos alguna vez
en su camino.
Las piedras son diferentes, algunas
se ven a la distancia, otras
se notan cuando se las topa
y muchas son tan imperceptibles
que se clavan en el zapato.
Nos equivocamos siempre que intentamos
y cuando tenemos la suerte de
que salga bien...entonces
podemos respirar tranquilos.
La perfección no existe en nada
ni en nadie, y me alegro
por ello..............
Un beso
No porque alguien coquetee contigo, quiere decir que le gustes.
No porque le gustes a alguien, quiere decir que quiere salir contigo.
No porque alguien quiera salir contigo, quiere decir que te quiera.
No porque alguien te quiera, quiere decir que nunca te hará daño.
La gente miente, las cosas cambian....
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