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jueves, 25 de octubre de 2012

Bajó las escaleras del edificio donde residía algo aceleradamente. Traspasó la puerta y enfiló la acera en dirección a su cita. Estaba alegre y esperanzado, aunque quisiese poner límites a la certidumbre de sus expectativas en previsión de un desengaño, no lo conseguía; no dejaba de soñar y desdeñar los indicios en su contra. Debía relajarse un poco. Desde que se había preparado para salir de casa todo lo estaba haciendo de un modo demasiado apresurado. Bajó de la acera para cruzar la calle y escuchó un sonido de chirrido de ruedas. Instantáneamente un fuerte dolor en la cadera y en su cabeza, que se hundía en algo que parecía relativamente blando tras un golpe sordo y seco que retumbó en su cráneo. Después el tiempo se detuvo y conoció la nada. Escuchó voces en la lejanía que hablaban ininteligiblemente. Se acercaban, comprendió que no se acercaban las voces sino que era su conciencia la que regresaba y de nuevo existía el tiempo. Algunos se preguntaban si se trataba de un suicida que se había lanzado bajo las ruedas del coche; el conductor, con voz angustiada, insistía en que su velocidad no era excesiva como otros acusaban; otros preguntaban quien tenía un móvil para llamar a la ambulancia... Alcanzó a abrir los ojos; unas cuantas personas, sin atreverse a tocarle, le rodeaban en pie sobre la calzada. Realizó un test de movimiento; aparentemente su cuerpo funcionaba, las voces le decían que no se moviese, que podía tener fracturas. Tras constatar que su cuerpo respondía, se puso en pie y se congratuló de que no le costara demasiado esfuerzo y de que su cuerpo funcionase sin problemas. Efectuó unos movimientos suaves y comenzó a andar. Dijo a la concurrencia que estaba bien, que lo dejasen marchar, que no llamasen a ninguna ambulancia, que tenia una cita importante; se disculpó por su despiste ante el conductor y le libró de toda preocupación. Sólo quería seguir su camino. El dolor corporal se iba disipando mientras caminaba. Miró el hueso de la cadera, tenía un hematoma considerable y un punto de dolor no demasiado agudo. Acarició suavemente su frente y descubrió una hinchazón en la parte superior derecha, la cabeza le dolía, pero no consideró que fuese lo suficientemente grave como para no acudir a su cita y retirarse a su casa a descansar. Bromeó para si mismo acerca de la inconveniencia de aparecer con un chichón en la frente ante ella; tanto tiempo esperando y deseando esta velada y aparecer de este modo. Seguramente jamás podría olvidar esta primera vez. Tras la cena en el restaurante se encontraba exultante. Al principio ella había bromeado diciéndole, con gesto muy serio y una estudiada mirada evasiva y displicente, que lo había citado para cenar porque quería hablarle de que su continuo cortejo en el trabajo la estaba agobiando; que tenía simpatía por él pero que se olvidase de cualquier tipo de relación sentimental o íntima y que se mantuviese como compañero de trabajo con rango de amistad y que no echase esto a perder -adoraba su buen humor y su ingenio- por un sentimiento o deseo que no era reciproco. Seguramente a él se le descompuso el rostro con la mueca que produce el fracaso cuando te has hecho demasiadas ilusiones e incluso, de alguna manera, has organizado tu vida en función de ellas y sobreviene la decepción. Ella rompió en una sonrisa próxima a la carcajada y añadió que su golpe en la frente -por cuya causa no había preguntado todavía- le ayudaría a no olvidar esta velada. Antes de que pudiese surtir efecto la crueldad de este comentario le anunció nuevos planes en un viraje de 180 grados. Le dijo que quería que pasasen la noche juntos y que en breve, en cuanto pudiesen los dos conseguir unos días libres en el trabajo, hiciesen un viaje; es la manera en la que soy capaz de conocer en profundidad a los demás, le dijo. En ese viaje podemos decidir un hipotético cambio de rumbo o al menos valorar lo que podemos ser el uno para el otro en nuestras vidas. Su primera respuesta fue una justificación de su golpe en la cabeza mediante un inverosímil accidente doméstico; no quería alarmarla y le hacía sentir estúpido contarle que había sido atropellado por cruzar la calle sin mirar, como un niño pequeño, aunque la causa de su distracción fuese ella misma. Después tomo su mano y acariciándola suavemente le dijo que era muy feliz. El resto de la sobremesa lo pasaron charlando sobre los destinos que preferían para su hipotética luna de miel y besándose de tanto en tanto. Salieron del restaurante y caminaron cogidos por la cintura hasta la casa de ella; era la más próxima. No necesitaban palabras, sólo el contacto físico en su variante más absoluta y perderse en él. Atravesaron el portal y subieron la escalera hasta la segunda altura. Seguía el movimiento de sus caderas -ella iba delante- con absoluto deleite. Cuando estaban frente a la puerta del apartamento ella le dijo que esperase un momento fuera, quería darle una sorpresa, que entrase cuando oyera su llamada. Quedó fuera en soledad unos minutos imaginando como sería su cuerpo dentro de un camisón vaporoso. Escuchó la voz femenina diciendo que entrase y fuese a la habitación iluminada al final del pasillo. El pasillo estaba a oscuras, en el fondo, a unos cuantos metros una suave luz refulgía a través de una puerta acristalada. Se dirigió pacientemente, intentando degustar al máximo ese momento de gloria soberbia, hacia la luz y entró en la habitación. El cirujano descubrió su boca de la mascarilla que la cubría. Con gesto resignado y voz que mezclaba la tristeza y la derrota dijo que no había nada que hacer. Un pitido continuo confirmaba sus palabras.............................

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